Cristina Bergoglio - Hacer ciudad







Cuando el hombre se levanta de la urgencia vegetal que le concibe, cuando suelta la potestad del monte, cuando se asea de la insistencia del árbol, algo urbano y no humano se mece en sus instintos. Es la ciudad que le insufla pensamientos, que le inyecta una lujuria de piedra y de cristales. Es la ciudad que es un monstruo primitivo, apenas encendido, apenas proclamado. Es cuando la calle reemplaza al camino y se torna un epitafio de la prisa. Es cuando el teatro, la plaza y el templo reemplazan las abiertas ceremonias de los astros. Y todo aquello que se mostraba silvestre, adelgaza sus salvajismos para entonar las músicas del asfalto. El cobijo de los hombres, antes amplio y dialogante con el pájaro y la hierba, ahora es una cápsula de tamaños indigestos, una caja donde apenas caben las pasiones y los bríos. Sin embargo el hombre sigue a merced de sus latidos urbanos. No puede evitar mecerse en sus membranas, crear, nacer, morir, hacer, destruir…fuera de sus fueros. La ciudad le ha pervertido, lo ha bautizado, lo ha elegido. En Arquitectura Arkinetia